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Pepé Carrión, entre las letras y la batalla intelectual

JUL, 17, 2017 |

ENTREVISTA. Pepé Carrión junto al retrato de su padre, pintado por Oswaldo Guayasamín

Es hija de Benjamín Carrión y madre de Martín Pallares. A sus 87 años sigue liderando una estirpe de pensadores.

 

Cuando el periodista Martín Pallares era niño y jugaba fútbol, tenía miedo de que le patearan las piernas. Su madre, Pepé Carrión, lo recuerda como un chico pacífico. “No era muy dado a la pelea, pero ahora, el rato de usar su cabeza, ya es otra cosa”, dice, al pensar en los artículos que su hijo escribe en el portal 4pelagatos, uno de los cuales implicó un juicio por injurias interpuesto por el expresidente Rafael Correa, cuando todavía estaba en el poder, y del cual Pallares fue declarado inocente hace dos semanas.

El día del juicio, familiares le pidieron a Pepé que no asistiera a la audiencia. “Soy vieja, viejita, todo, pero me parecía que no podía dejarle solo a Martín y me fui”. Días después, su yerno, Francisco ‘el Pájaro’ Febres Cordero, escribió en su columna semanal: “Me queda la lección de dignidad con que una señora de 87 años siguió todo el proceso con ávida atención. Pronunciada la sentencia, se apoyó en su bastón y caminó, enhiesta, para abrazar a su hijo, declarado inocente”.

“Mi papá era de pelea, le hubiera gustado tener un nieto con las capacidades de Martín, con el modo de ver las cosas que tiene Martín, tan crítico y fuerte. Esta es una familia que ha dado guerra, no somos ovejunos, la familia Carrión ha sido una familia de mucho temple”, dice Pepé, la segunda hija de Benjamín Carrión.

De hecho, la entrevista sucede en Villa Juárez, la casa de campo que el fundador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE) compró con el dinero del premio Benito Juárez, que le otorgó el Gobierno de México en 1968. Sobre la silla en la que está sentada, la observa su padre, desde un retrato pintado por Oswaldo Guayasamín. Entonces ella recuerda la ocasión en que tuvieron que partir al exilio y refugiarse en Ipiales, cuando el dictador Federico Páez persiguió a Benjamín Carrión, acusándolo de comunista.

“Yo le decía: Martín, la cárcel no me preocupa, porque tu abuelo iba a la cárcel a cada rato”, rememora. En virtud a la militancia socialista de su padre (“era socialista, pero no del socialismo del siglo XXI”), se acostumbraron a tener un pesquisa en la casa, “el último ya era parte de la familia y le invitábamos a comer”.

A Pepé le preocupaba el perjuicio económico, pero “por suerte la Universidad San Francisco le puso tres abogadazos” a su hijo. Semanas después evoca ese evento con extrañeza. “Se dieron otros aires, que estamos respirando, yo no sé”, medita mientras toma su tasa de café.

 

La hija

Ser hija de Benjamín Carrión, al principio, fue un peso inmenso. “Todo mundo me comparaba, la inteligencia de papá. Yo crecí bajo esa sombra, un poco pesada”. Cuando se graduó del colegio Americano, se había convertido en una gran basquetbolista y había comenzado a tener novios. Entonces, por arte de magia, empezó a gozar de brillo propio. “Creo que difícilmente un padre y una hija se han llevado tan bien como nosotros, como amigos formidables”, dice. A esta mujer, de pelo cano, con una leve tonalidad azul, le brillan como faros los ojos cuando habla de su padre; y también de su hijo. 

“Mi papá era un hombre extraordinario. Cuando hizo la CCE se rodeaba de músicos, pintores, escritores y en esa época no había arqueólogos, solo Jacinto Jijón, que era el director del Partido Conservador. Lo llamó y lo nombró vicepresidente. Mi papá a la gente le veía por sus valores, no por la política, con Jacinto Jijón se llevó muy bien”.

Cuando Benjamín Carrión murió, Pepé sintió, durante un homenaje en Caracas, que su padre era “casi un héroe nacional, una estatua”, y en esas imágenes no se rescataba al hombre cálido y dedicado miembro de familia que ella conocía. Por eso decidió escribir ‘Memorias compartidas’ (CCE, 2001), sobre su padre, el primero de los seis libros que tiene, pese a que inicialmente pensó que sería pintora.

Así como se hereda rasgos físicos, piensa Pepé, en la familia Carrión también se heredó la escritura. Casi todos los nietos de Benjamín Carrión han escrito, en sus diferentes campos, como la escritora Águeda Pallares. Y todos son de temple, repite la hija de Benjamín Carrión, como su hijo Manuel Pallares (“de niño buen puñete”), el biólogo que tras el terremoto de Manabí se dedicó intensivamente a construir casas de bambú para los que lo perdieron todo. Quizá lo hizo evocando a su padre, Rodrigo Pallares, el arquitecto que logró el reconocimiento de Quito y las Galápagos como patrimonio cultural de la humanidad.

“Hoy Martín almorzó aquí, le dije: ¿y ahora qué vamos a hacer sin Correa?”, bromea Pepé. No tiene reparo en decir que es una hija y madre orgullosa. “Martín no bajó la cabeza nunca”, piensa, “y usa las palabras precisas, me gusta como periodista”.

Sin embargo, Pepé Carrión es mucho más que la hija de una ‘estatua nacional’ y madre. Es una mujer de ideas, dueña de su propio temple. En su libro ‘El cuento de nunca acabar’ (2005), quiso hacer el homenaje que, ni Simón Bolívar ni Ecuador le hicieron a Manuela Sáenz. “Ella sí fue una heroína”, dice Pepé, erguida, llena de dignidad, tan dueña de su destino como la persona que siempre supo de dónde viene y hacia dónde va. (MMD)

 

FRASES

“Esta es una familia que ha dado guerra, no somos ovejunos, la familia Carrión ha sido una familia de mucho temple”.

 

“Yo le decía: Martín, la cárcel no me preocupa, porque tu abuelo iba a la cárcel a cada rato”.

 

“Mi papá era un hombre extraordinario. A la gente le veía por sus valores, no por la política, con Jacinto Jijón se llevó muy bien”.

 

 

 

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