Jerusalén

DIC, 10, 2017 | - Por Ugo Stornaiolo

Ugo Stornaiolo

Lo ofreció en campaña y lo cumplió (para congraciarse con su electorado más extremista). Donald Trump pasó a la historia por ser el presidente estadounidense que reconoció a “Jerusalén como capital eterna del pueblo judío”, rompiendo la tradición de sus antecesores sobre el estatus de la ciudad.

Francia y Alemania señalaron el error. Hubo protestas con quema de banderas de EE.UU. en Gaza, Cisjordania y otros países del mundo árabe donde viven palestinos. Los líderes de Hamas, dicen que Trump “abrió la puerta al infierno”.

En Jerusalén coexisten, con dificultad, palestinos, judíos y grupos menores (cristianos y armenios). La urbe, por mandato de la ONU, conservó un estatus de ciudad internacional y el centro político israelí se trasladó a Tel Aviv. 

Entre 1948 y 1967, la ciudad se dividió: Jerusalén Oeste (38 km2), bajo control israelí y Jerusalén Este (6 km2), gobernada por Jordania. Tras la guerra de los Seis Días (junio del 67), Israel se anexionó 70 km2 en el límite de Jerusalén Oeste, e impuso su ley buscando que sea reconocida como capital del país.

Para el premier israelí, Netanyahu, es ‘un día histórico’, pero la decisión de Trump muestra su debilidad y poco conocimiento de política internacional, aunque declare “querer la paz en Medio Oriente”. Uno de sus antecesores, Bill Clinton, logró los acuerdos de paz entre Rabin y Arafat, en 1993. La declaración de Trump contrasta con el papel de EE.UU. entre palestinos e israelíes, para mediar sus conflictos y resolver pacíficamente sus diferencias.

No es la primera actuación errónea de Trump. A su desacertada política interna, atacando migrantes y deshaciendo los planes sociales del expresidente Obama, se suma su terquedad en asuntos como el retiro de su país del acuerdo sobre el clima de París, las relaciones con Europa y la antesala de la guerra que tiene con el líder de Corea del Norte, Kim Jong Un.

La decisión parece destinada al fracaso y puede hacer que en 2018 renazca la ‘intifada’ o ‘guerra santa’ entre dos naciones de origen bíblico que merecen un territorio y vivir en paz. Agitar el avispero era lo menos que se podía esperar de Trump. 


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